En el corazón del barrio de Bellas Vistas se alza todavía el acueducto de Amaniel, una construcción del siglo XVII que durante mucho tiempo trajo agua limpia a Madrid.
Fue vital para la ciudad, como lo sigue siendo hoy el simple gesto de abrir un grifo. Sin agua, no existiría la vida.

Hay otra sed, más profunda, que no se sacia fácilmente. ¿Hay algo más? ¿Tiene sentido el dolor, la muerte, la vida? ¿Hay esperanza?
A esa sed se refirió Jesús cuando dijo: «El que cree en mí… de su interior brotarán ríos de agua viva» (Jn. 7:38).
No hablaba de agua literal, sino de una nueva vida que nace dentro: limpia, renueva y da propósito. Jesús vino a ofrecernos una fuente que no se agota, entregando su vida en la cruz por nosotros y venciendo la muerte con su resurrección.
¿Y si tu alma también tuviera sed?
